miércoles, 7 de noviembre de 2018

Nuestra segunda lactancia mixta: cambios y mejoras

Hoy Polluelo cumple 4 meses y la lactancia mixta ya es prácticamente inexistente.
Ya solo le ofrezco un pecho (el otro me empezó a molestar cuando se enganchaba y además él se enfadaba) y mama unos segundos, pero oye, mientras salga algo, eso que se lleva :)

Tenía pendiente este post, y no quería dejar de escribirlo, porque creo que puede resultar interesante y porque además me gusta tenerlo por aquí escrito para cuando me apetezca recordarlo y mi memoria de pez no dé de sí.

Pues bien, como ya conté en un post anterior, esta segunda lactancia materna exclusiva, como era de esperar, tampoco pudo ser.
Al enfrentarme a una nueva lactancia mixta, decidí modificar algunas aspectos, ya que la experiencia es un grado, y mis conocimientos mayores.

-Empecé a preparar "bien" los biberones. Aquí puedes leer como deben prepararse, algo que descubrí con Pajarin cuando tenía más de un año.

-Retrasé ofrecerle el chupete, y he tratado de ofrecerle pecho en esos momentos en los que a Pajarin le ofrecía chupete directamente (para dormirse, cuando por la noche se inquieta, etc.)

-Solo yo le doy de comer. 
Esto es para mí el mayor cambio.
Mi intención era mantener esto como mínimo hasta los 6 meses, pero como he empezado a trabajar unas horitas, Papá Oso suele darle una toma cuando no estoy. 
Con Pajarin nos repartíamos las tomas, pero me planteé que si hubiera podido darle pecho, habría sido algo mío exclusivo y con Polluelo decidí hacerlo así. 
Es mucho más cansado, por supuesto, sobre todo por las noches (un biberón hay que darlo sentada sí o sí), pero era algo que quería hacer, y que si puedo, mantendré en el tiempo. 
Este post de Ibone Olza me parece maravilloso: "Dar el biberón como si fuera el pecho".




-No uso sacaleches.
Bueno, solo lo usé las primeras semanas con la idea de que la producción fuera mayor; y viendo que no era así, con la intención de guardar algo de mi leche congelada para cuando Polluelo rechazara el pecho.
La poca leche que congelé, se la di hace semanas a Polluelo los días que no quería saber nada de teta.
Y aunque tengo sacaleches, no lo he vuelto a usar. Podía haberlo hecho, pero me escuché, y sentí que no era lo que quería. 
No me apetecía nada. El tiempo no me sobra y la logística con dos es más complicada, así que lo descarté sin dudar.

-He seguido ofreciéndole el pecho.
Con Pajarin me rendí. Cada vez que rechazaba el pecho me sentía "ofendida", me dolía, y creo que por eso decidí utilizar el sacaleches y darle lo poco que salía de forma diferida. 
Con Polluelo he sido mucho más pesada, y aunque ha habido días que ha pasado de la teta totalmente, yo he seguido insistiendo, y oye, si cuela, cuela.
Y ha colado. 
Una vez superadas un par de semanas complicadas relacionadas con la crisis de los tres meses, Polluelo ha cedido un poco y alguna que otra vez mama unos segundos. Para mí es suficiente, y para él parece que también.

-No me culpo.
¡Ay, la culpa! Es mi gran compañera en la maternidad, y en mi primera lactancia no me dejaba ni a sol ni a sombra. Me costó cuatro largos meses perdonarme.
Esta vez, se asomó un poco en esos días en los que Polluelo rechazaba la teta, pero la eché inmediatamente. Si no podía ser, no podía ser, y había hecho todo lo que estaba en mi mano y todo lo que había sentido y querido hacer en cada momento.

-No me complico.
Y mira que pensaba complicarme... 
Me refiero a usar el relactador, que para mí es una gran complicación, aunque supongo que como todo, es cuestión de acostumbrarse. Mi admiración total a aquellas mujeres que se atreven con él.
Ahí lo tengo guardado, porque no he llegado a usarlo ni una vez.
Sentí que la logística familiar no daba de sí, que me iba a complicar la vida, y sobre todo, que no me apetecía nada.

Y aunque en los momentos complicados, los días se hacen eternos, ya han pasado cuatro meses de lactancia mixta, y cuando me quiera dar cuenta ya estaremos iniciando la alimentación complementaria.
Porque "los días son largos, los años cortos".





domingo, 30 de septiembre de 2018

Un postparto eterno de lo más variado

A cinco días de que Polluelo cumpla tres meses, creo que por fin puedo cerrar el capítulo del postparto. 
A nivel físico me refiero, porque creo que el postparto a nivel emocional es mucho más largo e incluye a toda la familia, todos tenemos que recolocarnos. 
De hecho, con Pajarin creo que empecé a sentirme cómoda y feliz con la nueva situación entre los tres y cuatro meses postparto; es decir, prácticamente cuando tendría que haberme incorporado a trabajar.

En fin, que me lío. 
¡Menudo postparto señoras y señores! ¡Y me lo quería perder!
Ilusa de mí, yo le tenía miedo a mis emociones, a ese descontrol imposible de controlar provocado por las hormonas, que en este segundo postparto incluía a Pajarin y su adaptación a ser hermano mayor y lo que esto le pudiera provocar.
Este miedo me había acompañado casi todo el embarazo, y al final nada fue como yo pensaba. Así que, toma nota (que yo también lo hago), no te adelantes, todo irá fluyendo.




A nivel físico estaba el tema mioma, que suponía un riesgo añadido para una posible hemorragia en el postparto inmediato, algo que no ocurrió. 
Fue mucho más variado y divertido, y te lo cuento a continuación.

1. Sangrado normal postparto, acompañado de sus correspondientes compresas tocológicas que valen riñón y medio en la farmacia. 

2. Pequeña hemorroide que me daba algo de lata al ir al baño, para lo que reutilicé una crema que me compré para el postparto de Pajarin, en el que también apareció mi pequeña amiga.

3. Quemadura en un dedo con el agua hirviendo para los biberones de Polluelo. Algo que nos puede pasar a cualquiera, pero no era el mejor momento.

4. Visita al dentista con diagnóstico de caries, que claro, hay que empastar cuanto antes. Empaste al canto y cuatro visitas más para retocarlo/corregirlo porque me molestaba y me dolía al masticar. No me lo solucionaron; estoy pendiente de hacerme una endodoncia.

5. Cólicos de gases que me impedían sentarme y veía las estrellas al ponerme encima a Polluelo. Deduje que podía ser del hierro que estaba tomando que no me caía muy bien.

6. Virus gastrointestinal de unas 12 horas, con espectáculo en Elizondo y vuelta rauda y veloz a Pamplona, porque me iba por la patilla.

7. Horrorosos entuertos. Menos mal que duran poco, pero menuda diferencia con el primer postparto.

8. Incontinencia urinaria. Vamos, que "me meaba toa'". Eso me pasó los primeros días y me asusté pensando que me iba a quedar como Concha Velasco. Los solucioné comprándome unos pañales de adulto en Mercadona y tomándomelo con humor, porque a los días se pasó solo. La cosa era que cuando me venían las ganas de hacer pis, yo apretaba hacia dentro digamos, para que no se escapara, pero debía hacerlo al revés y aquello se desbordaba.




9. Dolor, mucho dolor, que yo asocié a una primera regla tras 50 días de sangrado postparto, pero que se fue alargando durante unas seis semanas. Bueno, dolor y sangrado mayor que el del primer mes. Esto finalmente fue provocado por el mioma y le pusieron solución hace apenas cuatro días, operándome. Pero como esto tiene miga, y es una larga historia, tendrá el honor de ser contado en un post exclusivo para este tema.

10. Pinchazos en el pecho derivados de una posible infección o mastitis subaguda, que al parecer suele ocurrir cuando se ponen antibióticos en el parto. En mi caso, me pusieron dos distintos, ambos para prevenir. Uno por la rotura de bolsa y otro porque la ginecóloga "me sacó" la placenta.

Y si no me equivoco, esto fue todo. Suficiente, ¿no?
Reconozco, que viéndolo así todo junto, he estado entretenida estos últimos tres meses. Como si convertirme en bimadre no fuera intenso ya de por sí.
A nivel emocional he estado estupenda y creo que eso es lo que me ha permitido superar cada traba dignamente. Eso sí, el último mes ha sido muy duro, pero realmente ya no era parte del postparto, sino de ese mioma que como he dicho, se ha ganado su post exclusivo.


miércoles, 19 de septiembre de 2018

Pajarin hermano mayor: el postparto

Uno de mis mayores miedos durante el embarazo de Polluelo era el postparto siendo bimadre.

Ya el postparto por sí solo me aterraba. Con Pajarin lo pasé bastante mal. Sentí un descontrol emocional que se apoderaba de mí y casi hasta que cumplió los cuatro meses, no volví a sentirme yo misma.

En este caso, además, se añadía la dificultad de tener otro hijo al que atender, de recolocarnos para empezar a ser cuatro en lugar de tres.

¿Cómo lo iba a llevar Pajarin? ¿Aceptaría a su hermano de buena gana? ¿Y si no conseguía acompañarle en este proceso?

Creo que el mayor miedo que tenía era el no reconocer a Pajarin. Que le removiera tanto la llegada de un bebé que empezara a comportarse de forma irreconocible. Que su comportamiento y su intensidad me generaran rechazo...

¿Qué injusto no? Rechazar al mayor por la llegada de un segundo hijo... ¿Y si me pasaba? La culpa como siempre mi más fiel compañera.




Como ya conté en un post anterior, al final de embarazo tuve una asesoría con Àngels Torras (madre de Miriam Tirado), en la que también hablamos de la inquietud que me generaba el "no saber hacerlo bien" con Pajarin. Y me dio unas claves maravillosas que aplicamos al dedillo y que comparto a continuación:

-Piensa en que no has decidido tener otro hijo para hacerle una putada (con perdón) al mayor. Puede ser complicado en algunos momentos, pero tener hermanos es el mayor regalo del mundo.

-Es muy importante que cuando llegue el momento de conocer al bebé no haya nadie más, y que sea su padre el que le acompañe, explicándole previamente aquello con lo que se va a encontrar: "Mamá está en la cama con el bebé, a lo mejor está dormido o tomando teta. Mamá tiene un tubito conectado al brazo por X motivos, etc."

-Puede ayudar mucho, sobre todo si le conoce en el hospital, tener una foto del mayor visible, para que sienta que en ese tiempo de separación, mientras mamá estaba recibiendo al bebé, él también estaba presente de alguna forma.

-Tener un brazo libre (dentro de lo posible), de modo que podamos coger y abrazar al mayor. Ahora hay dos hijos, pero mamá tiene dos brazos, uno para cada uno.

-No obligar ni alentar a que le bese, le abrace, le coja, le quiera, etc. Aceptar y acompañar sus sentimientos. Todo irá llegando.

Compramos además un muñeco tamaño bebé para Pajarin, el cual le dimos cuando conoció a Polluelo y le dijimos que era un regalo de su parte. Me resultó un tanto absurdo, porque era mentira. Obviamente un recién nacido no tiene capacidad para comprar regalos, pero bueno, nos salió así en ese momento. Le pusimos el mismo nombre que a Polluelo, con la idea de que pudiera utilizarlo para externalizar algunos sentimientos que pudieran generarle la llegada de su hermano. 
Esto me lo contó "mi alma gemela", que se lo recomendó una psicóloga cuando llegó su segundo hijo.
Cuando son pequeños no saben expresar ni controlar determinadas emociones, y tener en un muñeco "el reflejo" del bebé recién llegado, puede ayudar. De hecho, el muñeco estuvo un tanto maltratado los primeros días...

La reacción de Pajarin cuando su padre le trajo a casa para conocer a su hermano tras dos días en casa de los abuelos, fue: "Yo no quiero conocer a Polluelo". 
"Vale", le dijimos, "Pues no le conozcas. ¿Me das un beso y me cuentas que has hecho con los abuelos?"
Y se subió a la cama y le agarré con "el brazo libre". 
Miraba a Polluelo y decía que era muy pequeño. Sin forzar, él solo fue acercándose y mostrando interés.




Su intensidad no cambió demasiado. No sé si simplemente por la edad, ya veníamos de una etapa intensa, de gritos, mucho movimiento, enfados, alegría y euforia desbordante... Y la línea que ha ido siguiendo ha sido más o menos la misma.

El hecho de preferir para todo a su padre, en este caso, nos ayudó bastante, ya que yo podía ocuparme de Polluelo y Papá Oso de Pajarin. Aunque, también es cierto, que las primeras semanas me reclamaba algo más de lo habitual, cosa que a mí me hacía ilusión y me liberaba un poco del agotamiento de la dedicación constante de un recién nacido.

Al principio hubo momentos en los que me sentí muy forzada. Le hablaba con mucho tacto y mucho cariño cuando realmente yo tenía ganas de llorar y gritar, pero esto me ha ayudado a tener algo más de paciencia y calma.
Sí sentí ese rechazo hacia su ritmo frenético en alguna ocasión, porque no es lo que mi cuerpo reclamaba, pero supe sobrellevarlo bastante bien.

Algo que también nos ha ayudado mucho, aparte de que la baja de paternidad sea ahora de cinco semanas, y no de dos como cuando nació Pajarin, ha sido que Papá Oso se cogiera un mes de excedencia.
En nuestro caso, además de tener un bebé pequeño, se unía el inicio del cole de Pajarin, y consideramos fundamental para todos el tener calma, tiempo y disponibilidad para esta etapa.

Han pasado once semanas desde la llegada de Polluelo, y echando la vista atrás, no ha sido tan complicado como yo preveía (¡ay! mi manía de adelantarme). Pajarin nos lo ha puesto muy fácil, adora a su hermano y su hermano a él (echa unas sonrisas cuando le oye hablar, que me derrito), y creo que nosotros lo hemos hecho bien.

Lo mejor que sabíamos y podíamos; buscando asesoramiento, priorizando el bienestar familiar sobre cualquier otra cosa y teniendo cuidado y calma con Pajarin.



viernes, 24 de agosto de 2018

¡Mamá, tú no!

Hace tiempo que no soy tu favorita, de hecho hace alrededor de un año. 

Y reconozco, que tras dos años de dedicación plena y el embarazo de tu hermano, al principio no me venía nada mal el respiro. Solo me ocupaba de ti cuando papá trabajaba o si él estaba en casa pero en ese momento no podía atenderte. Vamos, cuando no te quedaba otra.

Todo lo querías con papá. 
"¡Mamá, tú no! ¡"Vetete"! ¡Quiero que venga papá!"
Y oye, alguna vez hace hasta gracia, pero cuando se repite sin cesar, agota, y entristece, y mucho.

Porque la dependencia absoluta de un hijo es agotadora, pero el rechazo es desolador.

Y llevas ya mucho tiempo rechazándome...

Sé que papá es muy divertido, que de todo hace una fiesta y un teatro, que es tu mejor y mayor ejemplo,... 
Pero, ¿y yo? Que te llevé en mi interior nueve meses, que hicimos un equipo estupendo el día que llegaste al mundo, que te alimenté todo lo que pude, que te abracé, te consolé, dormí a tu lado, que leí y me formé para ofrecerte mi mejor versión,...
¿Qué pasa conmigo?

Supongo, y espero, que esto es sólo una etapa, pero ya se me está haciendo muy larga...

La llegada de tu hermano ha supuesto que ya no seamos dos para uno, sino dos para dos, y por lo tanto, nos toque repartirnos casi siempre.
Podría evitar estar contigo, que te acompañase siempre papá, porque es realmente lo que prefieres, pero, pese al rechazo, pese a que tenga que enfrentarme cada vez con el: "Es que quiero que venga papá, tú otro día"; quiero estar contigo. 
Porque creces, y el tiempo se escapa, y no sé cuando te leeré el último cuento para dormir.

Y trato de llevarlo bien, de hacerte reír y no darle importancia la mayor parte de las veces. 
Bueno, sí le doy importancia, sí me duele, pero sé que no es el dolor de mi yo adulta, sino de mi niña interior, que se siente rechazada por quien más debería quererla.
Pero me repongo, la abrazo y le digo que no es algo personal contra ella, que esto pasará, y que volverás a querernos y necesitarnos como hacías hace un tiempo.

Hoy estaba muy cansada, y tú también. 
Y has llorado reclamando a papá, insistiendo en que querías que viniera, que no querías dormir conmigo. 
Y yo he llorado por dentro, y ahora también por fuera. Porque no has querido mi abrazo, porque te has despedido triste de papá, porque parecía que ibas a un mal sitio y no a la cama con mamá a que te leyera cuentos para dormir...

Supongo, y espero, que esto pasará, y que si algún día me lees, habrás vuelto a querer mis abrazos, mi ayuda y mi compañía.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Pajarin hermano mayor: el embarazo

Creo que por el hecho de ser hija única, siempre he tenido claro que quería tener más de un hijo. Y pese a lo que aseguraban algunos agoreros, de que cuando tuviera el primero se me iban a quitar las ganas de tener otro, no fue así, y Papá Oso y yo, estuvimos convencidos desde el principio de que Pajarin tendría como mínimo un hermanito o hermanita.


Una vez me quedé embarazada, nos esperamos a la ecografía de las 12 semanas, en la que nos confirmaron que estaba todo bien, para contárselo a Pajarin. Se lo habríamos contado antes, pero si ya de por sí nos parecía algo abstracto para que lo comprendiera, preferíamos esperar un poco para evitar rectificar lo que le habíamos contado si algo iba mal. Es cierto que los abortos se pueden producir a lo largo de todo el embarazo, pero como son más frecuentes en el primer trimestre, ese fue nuestro límite para hacerle partícipe. Aunque los niños son muy sensibles y a veces lo notan antes incluso de que nosotros tengamos la certeza de que hay un nuevo bebé en camino.

Estuve dándole vueltas a cómo contárselo, y lo comenté con amigas que ya eran bimadres, tratando de buscar la mejor forma. Finalmente fue algo muy espontáneo y simple. Estando los dos sentados en el sofá, le dije que mamá tenía un bebé en la barriga, que era muy chiquitito, como una semilla, y que poco a poco iría creciendo y la barriga se pondría muy gorda. Creo que le hizo gracia, pero no estoy segura de que lo comprendiera.

A lo largo del embarazo leímos varios libros relacionados con el embarazo, la llegada de un bebé y el hecho de convertirse en "hermano mayor", los cuales recomiendo totalmente:
-Dentro de nuestra mamá.
-Uno más.
-Tú y yo, el regalo más bonito del mundo (para morir de amor).

Tratamos de que Pajarin nos acompañase a todas las ecografías, aunque aquí el protocolo del hospital es absurdamente estricto con la entrada de menores.
El hecho de ver en la pantalla del ecógrafo al bebé, así como escuchar su corazón, nos parecía un momento maravilloso para que se sintiera parte del proceso y entendiera algo más lo que pasaba dentro de mamá.

Según fue creciendo la barriga y también él fue cumpliendo meses, el embarazo y su hermano estaban mucho más presentes. Le daba besos a la barriga y de vez en cuando le hablaba, aunque no solía apetecerle demasiado, algo que tampoco forzábamos.

Evitamos en todo momento anticipar esos comentarios típicos de que iba a convertirse en el mayor y tendría que ayudar a mamá, y portarse bien y cosas de esas. No queríamos que sintiera que la llegada de su hermano le iba a suponer unos cambios y obligaciones distintas de las que tenía hasta el momento.

En el tercer trimestre, me permití hacerle consciente de mi cansancio, y que necesitaba que colaborara conmigo cuando papá no estaba, para facilitarme un poco la vida y las tareas. Y oye, funcionaba.

En general, durante el embarazo, Pajarin tuvo una actitud similar, creo que más bien debido a la edad que al embarazo en sí, aunque tal vez sí aumentaron al final del embarazo los enfados y la energía y necesidad de movimiento, algo debido, supongo, en parte al embarazo y en parte a su carácter y periodo evolutivo.




Como desde los dos años aproximadamente, Pajarin tomó clara preferencia por su padre, cada vez que él estaba en casa, yo podía permitirme descansar. Además, esto suponía que mi miedo con la llegada de Polluelo se redujera un poco (tampoco mucho), en el sentido de que Papá Oso podría ocuparse de Pajarin y yo de Polluelo, sin que esto supusiera un gran cambio ni un drama por mi ocupación constante debido a la llegada de un recién nacido.

Algunas semanas del tercer trimestre de embarazo fueron un tanto complejas a nivel emocional por la posibilidad de que Polluelo naciera por cesárea, así que decidí contratar una asesoría con Ángels Torras (de la que ya hablé en otro post), y además de tratar el tema del parto, me dio unas claves para la presentación de Polluelo y Pajarin, que para mi fueron fundamentales, y que contaré en el próximo post.

Pese a que habíamos hablado decenas de veces con mis padres de cómo gestionaríamos el día del parto con Pajarin, la vida nos sorprendió con la rotura de bolsa, y nada fue como habíamos planeado. Pajarin estuvo 48h en casa de sus abuelos, día y noche, siendo la primera vez que dormía fuera de casa sin nosotros. Él estaba muy contento y lo llevó fenomenal, pero sí es algo que si pudiera volver atrás cambiaría, dejándole previamente alguna noche a dormir con sus abuelos, o por lo menos ofreciéndole la posibilidad, igual no tanto por él, pero sí por mi tranquilidad.

Una de mis mayores miedos y preocupaciones de este segundo embarazo, fue el hecho de cómo lo llevaría Pajarin, de cómo cambiaría nuestra vida (y sobre todo la suya) ser cuatro, y de que ya nada volvería a ser cómo antes: él no sería hijo único ni nos tendría en exclusividad para él... 
Por eso queríamos hacerlo lo mejor posible, con mucho cuidado y cariño, para que este gran cambio fuera asumido lo mejor posible por todos.

domingo, 12 de agosto de 2018

Nuestra segunda lactancia mixta. El fracaso (esperado) de la lactancia materna exclusiva (II)

Bueno, han pasado bastantes días desde que escribí la primera parte, y ya casi un mes y medio desde que nació Polluelo, pero no quería dejar la historia a medias... No lo voy a contar como lo habría hecho hace unas semanas, porque la falta de descanso y mi "memoria pez" de madre puerpera no me lo permiten.

Mi "alma gemela" me había donado la leche que pudo sacarse en mis tres últimos viajes a Madrid, la cual congelé en jeringuillas y alguna bolsita, a la espera de que fuera necesaria, y lo fue antes de lo que esperaba.

Comencé a suplementar a Polluelo en las tomas, primero con jeringuillas mientras mamaba o utilizando el método "dedo jeringa". Sin embargo, una de las asesoras que me acompañaba en la aventura, me dijo que el suplemento debía ser de mínimo 30 ml por toma, lo que con jeringuillas de 10ml se me hacía bastante pesado. 
Me había comprado el relactador pensando en que llegaría el momento de usarlo, y que esta vez sí que iba a intentarlo, pero a la hora de la verdad me dio taaanta pereza... La logística para usar el relactador me resultaba incompatible con mi ritmo de vida, y además no me apetecía nada. Mi máxima admiración para aquellas mujeres que se animan a utilizarlo.




Sacamos todo el arsenal de biberones y recipientes dosificadores para la leche que guardábamos en una caja en el armario. Y de nuevo los miedos, ¿cogerá bien el biberón? ¿Y si lo rechaza? Usamos los biberones Calma de Medela y hay que hacer una succión importante para que salga la leche, algo que cuando son pequeñitos puede costarles un poco.
El primero le costó un poco, supongo que lo sentía un elemento extraño y frío, pero rápidamente "cogió" el truco y empezó a zampar como si no hubiera un mañana.

Respecto a la leche de fórmula, también (como no) aparecieron miedos... ¿Y si no le gusta? ¿Y si le sienta mal? ¿Y si es intolerante? (muy positiva yo, sí). Optamos por la misma marca que habíamos usado con Pajarín. Es la que le dieron en el hospital cuando ingresamos y la que tomó durante más de un año sin problema. Y parece que a Polluelo le pareció buena elección, ya que la aceptó sin problema desde un primer momento.




El hecho de utilizar biberón sé que supone un mayor riesgo de rechazo del pecho, y tomé la decisión consciente de que podía repetirse la misma historia que con Pajarin (rechazó el pecho a los dos meses). Opté por la comodidad. Bastante agotadora es la lactancia mixta, y más con otro hijo al que atender, como para estarme cargando con mayores complicaciones que no me apetecía asumir.

El suplemento de 30 ml pronto pasó a ser de 60 ml, y actualmente lo es de 90 ml. Realmente la leche de fórmula es su alimento principal y podría decirse que el "suplemento" es la leche materna.

En las revisiones con la enfermera Polluelo ha ido ganando peso estupendamente y hace ya semanas que empiezan a asomar lorcitas en piernas y brazos. Y esto es una satisfacción inmensa, que probablemente sería mayor si fuera mi cuerpo el encargado de producir la leche que le alimenta; sin embargo, en esta segunda maternidad no lo vivo con culpa ni con tristeza. Mi hijo está sano y eso es lo más importante.

Respecto al pecho, se lo ofrezco siempre en cada toma. Cuando está muy hambriento lo suelta rápido, pero en otras ocasiones mama un buen rato, hasta que se suelta y le ofrezco el biberón.
Además está la succión "afectiva", en la que el pecho sirve para relajarse, estar con mamá, expulsar gases (XD), etc. Con Pajarin creo recordar que este tipo de succión era menor, ya que utilizaba chupete desde la primera semana y de modo intensivo. A Polluelo se lo ofrecimos con tres semanas, y lo usamos solo en casos de bucle extremo en los que ni teta, ni biberón ni meneo funcionan para que se duerma, o por ejemplo en el coche; aunque he de decir que no lo quiere siempre.

Esta lactancia mixta la estoy viviendo de forma más intensa. Decidí encargarme yo de darle siempre el biberón, por lo menos los primeros meses, al igual que haría si fuera lactancia materna exclusiva. Esto supone un cansancio añadido, sobre todo por la falta de descanso nocturno, ya que las tomas son largas y no puedo dormitar al darle el biberón como lo hago cuando toma teta, y además tengo que sentarme en la cama, sí o sí.

A esto añadimos algunos problemillas con el pecho, que aunque no sean graves, sí me han hecho en algún momento de agobio, plantearme dejar de darle teta. Tener dolor y posibles complicaciones cuando la producción de leche es mínima, es un tanto frustrante. Pero luego, cuando le veo mamando y tranquilo se me pasa y pienso en que igual no nos queda mucho tiempo de disfrutar esa conexión (o sí, quién sabe).

domingo, 22 de julio de 2018

Nuestra segunda lactancia mixta. El fracaso (esperado) de la lactancia materna exclusiva (I)

Hace algo más de un mes, escribía el post sobre mi preparación para la segunda lactancia.

No sé si en algún momento comenté que era consciente de que la lactancia materna exclusiva, en mi caso, era prácticamente un milagro. Pero, oye, los milagros ocurren, así que había que intentarlo.
Tampoco sé si en alguna ocasión he contado las posibles causas de mi hipogalactia (insuficiencia de leche). Me operé del pecho hace 7 años, en concreto un aumento con mastopexia (buscándolo en Google se puede ampliar información), y las incisiones en mi caso son las que corresponden a un aumento y a una reducción (las tengo todas).
Con la lactancia de Pajarin, me enteré de que con una operación de reducción de pecho es prácticamente imposible una lactancia materna exclusiva, por lo que en mi caso, aunque la operación no era esa, sí tenía las mismas cicatrices.
A esto añadimos que es posible, por la forma que recuerdo de mi pecho antes de operarme, que tuviera lo que se llama "mamas hipoplásicas" (en Google también se puede buscar).
Es decir, demasiadas papeletas en mi poder...

A lo que vamos. Al nacer Polluelo la idea era empezar con lactancia materna exclusiva e ir observándole con mucha cautela.  Estaba acompañada por varias asesoras de lactancia e IBCLC's, tanto aquí en Pamplona como en la distancia, con las que iba comentando a diario como evolucionaba Polluelo.



En el hospital no estuvimos ni 12 horas. La planta de Virgen del Camino es antigua, calurosa, las habitaciones son compartidas y el personal que atiende a las mujeres recién dadas a luz y a sus bebés, son enfermeras bastante mayores, que en mi caso, no me generaban comodidad ni confianza. Además tienen protocolos, desde mi punto de vista antiguos y obsoletos, centrados en la comodidad del personal y no en las necesidades del bebé y la madre. Hay que tener en cuenta además, que el personal que debería atender a las mujeres en el postparto inmediato, son matronas, que son las que están formadas para ello.

Polluelo nació a las 12:32h y a las 17:30h ya le habían dado el alta. Estaba perfecto, así que su seguimiento se lo haría el pediatra de su centro de salud.
A mi tardaron casi cinco horas más en darme el alta, porque al parecer había mucho lío en paritorio y los ginecólogos no podían subir a verme. Fue al "amenazar" con que me iba a casa por mi cuenta y riesgo sin el alta firmada cuando les debió entrar la prisa. 
No es que "me viniera arriba", es que había solicitado varias veces que nos queríamos ir, que teníamos otro hijo pequeño que nunca se había separado de nosotros (al que por cierto no dejan entrar en la planta de maternidad "por motivos sanitarios". Bueno ni a él ni a los menores de 12 años), y veía que se hacía de noche y que nos iba a tocar dormir de nuevo en el hospital.

Mi madre y mi suegra, como buenas abuelas, estaban preocupadas porque nos fuéramos tan pronto, así "sin control" de Polluelo ni mío, "a ver si nos iba a pasar algo".
A mí algo de cosa también me daba, pero más por aquello de salirse de lo establecido, y por lo antecedentes vividos con Pajarin respecto a la alimentación. Así que hablé con el equipo de matronas de Maternalia, que entre sus servicios cuentan con visitas postparto a domicilio (o al hospital), y a las 24 horas, el 6 de julio, día del chupinazo, aquí tenía a Susana, matrona jefa de Maternalia, comprobando el estado de Polluelo y el mío. La bajada de peso de él era normal, el cordón evolucionaba bien y la contracción de mi útero también.




El domingo 8, 72 horas después del nacimiento, vino otra vez a casa, pesó a Polluelo y comprobó que todo fuera bien. El peso había seguido bajando, pero dentro de la normalidad, y a mí parecía haberme subido la leche, lo cual era buena señal. Me ayudó con la postura, me enseñó alguna nueva y quedamos en que me vería otra de las matronas en un par de días para controlar el peso, ya que ella se  iba de vacaciones.

Durante estas primeras 72 horas estuve controlando todo lo controlable en torno a Polluelo: deposiciones (pis y caca) con colores y tamaños incluidos, los suplementos que le daba del calostro que me había extraído en el embarazo (2ml al día como mucho), si le oía tragar cuando estaba al pecho, el número de tomas que hacía,...
En fin, un agobio, pero un agobio necesario en este caso, y una sensación de control que me daba la tranquilidad de que esta vez no íbamos a llegar al mismo extremo que con Pajarin.

Pasadas esas primeras 72 horas empecé a notar que algo no iba bien, los pises no eran muy abundantes, las cacas también se habían reducido y en uno de los pañales nos encontramos unos uratos bastante importantes, algo que aún podía ser normal, pero que unido al resto de señales, empezaba a no gustarme. Ese día, además, Polluelo estaba bastante nervioso. Pasaba de una teta a otra constantemente sin consuelo, y finalmente para tranquilizarle tenía que meterle el dedo meñique en la boca (es algo que se hace para que succione cuando no usan chupete).

Ese mismo tipo de escenas las había vivido con Pajarin y me comenzaba a inquietar.
Esa noche, además de darle lo poco que me había dado tiempo a sacarme (ya no era calostro, sino leche de transición), decidí suplementarle con un poco de leche de la que me había donado "mi alma gemela". Se quedó tranquilo.

Al día siguiente teníamos enfermera para control de peso. Polluelo cumplía 4 días.
Aquella madrugada le había vuelto a suplementar con leche donada, porque de nuevo le notaba muy nervioso y sin consuelo.
Este ha sido el único día que he llorado en este postparto. El milagro no iba a ocurrir. Mi hijo empezaba a pasar hambre y había que ponerle solución. Compré un bote de leche de fórmula en la farmacia. La historia se repetía. Y no, no iba a poder suplementarle con mi propia leche, porque apenas me extraía 20 ml al día en 3-4 extracciones. Sí que había tenido la esperanza de que por lo menos en esta segunda lactancia mi producción fuera mayor, que no tuviera que suplementar tan pronto...




La enfermera me animó a llorar: "Es normal", y también a que no empezara todavía con el biberón, que usara la leche de mi amiga y tratará de dársela con jeringuilla. Que me fijara mucho en el pis y que en tres días controlaríamos de nuevo el peso. En 4 días Polluelo había perdido ya un 10%. 
De nuevo se repitió una escena de llanto sin consuelo tras pesarle; ni una teta, ni otra, ni dedo, ni nada,... Pajarin me venía a la mente.

"Bueno, cuando suelen empezar a remontar es a partir del quinto día...", recuerdo que me dijo alguien...
Pero tenía claro que no iba a dejar que aquello fuera a más, así que empecé a descongelar la leche almacenada de "mi alma gemela". Las asesoras de lactancia que me acompañaban me animaron a suplementar e ir viendo...

...(continuará)

lunes, 16 de julio de 2018

La llegada de Polluelo al mundo (IV)

El tiempo en paritorio se me hizo eterno. Las contracciones eran cada vez más frecuentes e intensas y vivirlas tumbada me estaba sobrepasando.

La comprobación del PH de Polluelo fue interminable, y dolorosa.
"¿Falta mucho?" pregunté a la ginecóloga desesperada.
"Es que a veces cuesta un poco".
"¿Pero esto es realmente necesario?" preguntó Papá Oso.
"Sí, hay que comprobar que el bebé está bien", respondió la ginecóloga.

Esta prueba consiste en tomar una muestra de sangre de la cabecita del bebé (una gota) para comprobar el oxígeno en sangre cuando hay dudas de su bienestar. Se supone que no le duele, pero a mí si me dolió.

Recuerdo que en una de las dos sesiones de preparación al parto a la que asistimos en el centro de salud, la matrona se dedicó a enseñarnos el instrumental e íbamos pasándonoslo de uno a otro para verlo y tocarlo. Yo no quería mirarlo ni de lejos.
"Tú si van a usar algo de eso dices que no", le dije a Papá Oso. ¡Ay amiga! Por hablar...

Esperamos el resultado en el propio paritorio, que tardó menos que lo que duró la prueba en sí. Estaba perfecto. 

En ese momento me vino una contracción muy fuerte en la que noté como Polluelo descendía. La ginecóloga me exploró (otra vez), y me dijo que estaba de 8 cm, que si tenía ganas de empujar lo hiciera (supongo que para ayudar a que descendiera Polluelo).

Se plantearon si volvíamos a la sala de dilatación o nos quedábamos en paritorio para el expulsivo. Menos mal que mi matrona dijo que mejor volvíamos, porque no aguantaba más en esa posición. Cada vez que sentía que se acercaba una contracción trataba de respirar profundamente para sobrellevarla, pero el dolor era demasiado intenso.

Volvimos a la sala de dilatación y la matrona me recomendó subirme a la cama y colocarme de rodillas, agarrándome a la cabecera de la cama, que había reclinado a 90 grados.

Con cada contracción sentía como Polluelo descendía, pero aquello parecía no tener fin. Con Pajarin este tipo de contracciones tan intensas fueron muy pocas, enseguida llegué a dilatación completa y pasamos al expulsivo. Esta vez eran más intensas y se sucedían sin descanso.
"¡No puedo más!"
"Venga, que lo estás haciendo muy bien.", me animaba Papá Oso, que seguía con su trabajo de colocarme la bolsa de agua en las lumbares.

La matrona se quedó con nosotros. Parecía que el final estaba cerca, y esto era lo que me animaba a no dejarme vencer por el cansancio y el dolor. 

Con cada contracción gritaba con todas mis fuerzas, dirigiendo la fuerza a ayudar a Polluelo a descender. Utilizar la garganta y la voz es algo que mi amiga matrona nos enseñó en la preparación al parto. Sin embargo, la matrona que nos atendía me dijo que empujara con todas mis fuerzas, como si quisiera hacer caca (que por cierto, me hice. Una realidad de los partos que no se suele contar y que yo no había vivido en el primero) y en apnea, es decir, conteniendo la respiración. A mi todo esto me sonó fatal, pero tenía tantas ganas de acabar que pensé "Ella sabrá lo que es mejor" y la hice caso.

Me sugirió que me tumbara de lado en la cama agarrándome a un estribo que tenía mientras Papá Oso me sujetaba una pierna. Según ella era una postura que iba muy bien para el expulsivo. También me dijo de probar otra postura tumbada en la cama con las dos piernas arriba flexionadas. Yo probaba, pero aquello no me convencía. Me sonaban a posturas para un expulsivo con epidural cuando no tienes movilidad. 
"¿Y si me pongo en cuclillas? Así por efecto de la gravedad puede ir más rápido, ¿no?"
No parecía convencerle, y me decía que en las posiciones tumbada estaba yendo muy bien, que Polluelo avanzaba y que además "tenía que salir ya".
Las ginecólogas estaban fuera, alerta, comprobando monitores, ya que las pulsaciones parecían descender tras cada contracción.

"Madre mía", pensé, "solo me faltan unos fórceps o una ventosa para completar el periplo".
Así que empujé con todas mis fuerzas en cada contracción, deseando que saliera, que aquello acabara cuánto antes.
La matrona de nuevo me exploró y al parecer quedaba un reborde del cuello por borrar, así que en las contracciones colocaba su mano dentro, entiendo que para apartar "el obstáculo" del camino de Polluelo. De nuevo, muy agradable todo.

Por fin, en uno de los empujones la cabecita asomó. La matrona me invitó a que la tocara.
El aro de fuego fue mortal. La cabecita de Polluelo asomó pero no salió del todo, y tuve que esperar a la siguiente contracción para que al empujar con todas mis fuerzas, Polluelo por fin decidiera abandonar el que había sido su hogar hasta entonces.

Me lo pusieron encima. Papá Oso lloraba y yo sentí vivir un dejavú. Era Pajarin 2, idénticos, aunque este pobre lleno de sangre. Por fin estaba aquí, ¡qué felicidad! Lo habíamos conseguido. Eran las 12:32h.




Pero aquí no acabó todo. Mi matrona parecía tener mucha prisa, y pese a que me pusieron oxitocina (otra dosis distinta) para la expulsión de la placenta (es algo que también hacen por protocolo en todos los partos), todavía no tenía contracciones. Ella me decía que empujara pese a que yo no sentía ningunas ganas; ni siquiera Polluelo se había enganchado todavía al pecho, ya que quería darle su tiempo para un primer agarre espontáneo.

Empujé como pude mientras ella iba tirando del cordón. Noté como salía, aunque no completamente. Se puso a girarla, vuelta pa'ca, vuelta pa'llá. Al parecer tenía la vejiga llena y eso no ayudaba a la salida de la placenta. Me dijo de ponerme una sonda o bien que tratara de hacer pis por mí misma. Imposible, no me salía, así que me tocó sonda, lo cual pese al dolor (aunque nada comparado con las contracciones) no sirvió para nada, ya que al parecer unas membranas de la placenta se habían quedado adheridas y no salía.
"Pero, aún es pronto, ¿no? Podemos esperar a ver si sale", le dije, ya que tenía entendido que se esperaba hasta media hora.
"Es que está enganchada. Voy a llamar a la ginecóloga".
Allá que vino y me metió la mano hasta la garganta para "desenganchar" la placenta, y repitió para extraer también unos coágulos. Menos mal que tener a Polluelo encima me producía un placer infinito que compensaba algo tanta intervención.

Después de esto me cosieron, 3 puntos igual que con Pajarin, lo cual después de la odisea no estaba nada mal. Me limpiaron y por fin, parecía que todo había terminado. 

Les entró de nuevo la prisa porque al parecer estaban a tope y ya llevábamos casi una hora y media de piel con piel, "cuando la OMS recomienda 50 minutos". Me quedé alucinada con la frase de la auxiliar de enfermería. Ya podían llevar tan a rajatabla todo los que dice la OMS respecto a determinadas intervenciones en el parto.

Papá Oso llevó a Pajarin a que le pesaran y le tomaran la huella del piececito. Le oí llorar. No entiendo esa necesidad de separar al bebé de su madre en esos momentos, aunque sean tan solo unos minutos... Le trajo vestido con un pijama de franela del hospital, el cual le quité en cuanto subimos a planta. ¿Quién necesita pijamas estando piel con piel?

Una vez en planta, mi ánimo era otro totalmente distinto. Había superado una prueba que consideré imposible a lo largo del proceso. De hecho, por unos segundos llegué a desear que fuera cesárea, que me anestesiaran y acabara ese dolor, que Polluelo naciera ya.

Ambos estábamos perfectamente, pese a todo.




"Después de este parto se me han quitado las ganas de tener más", le dije a Papá Oso. "Aunque lo malo es que con el tiempo se me olvidará".

En el mes de julio en mi agenda aparece esta frase de Emerson: 
"Haz siempre lo que tengas miedo de hacer"

Tenía miedo a una rotura de bolsa, a una inducción, a la prueba del PH, a las intervenciones durante el parto... Y por desgracia me tocó, nos tocó vivir todo esto. Digo por desgracia porque no considero que haya sido la forma en que Polluelo eligió nacer. Él no estaba preparado, no era su momento, y tal vez con un protocolo diferente las cosas hubieran transcurrido de otra forma, pero eso nunca lo sabremos...

He de reconocer, que pese a todo, me sentí informada y respetada durante todo el proceso, pese a que no era el parto ni el nacimiento que quería, pese a que mi plan de parto no tuvo apenas protagonismo, pese a que el cansancio y el miedo no fueron mis aliados. 

La llegada de Polluelo al mundo fue muy intensa, oscura en algunos momentos, pero todo se iluminó con su llegada, y sé que me seguirá enseñando a no crearme expectativas, a dejarme fluir y aceptar lo que vaya viniendo.

¡Bienvenido!

(Si has llegado hasta aquí, gracias por acompañarme en este relato de parto, taran largo y tan intenso)

sábado, 14 de julio de 2018

La llegada de Polluelo al mundo (III)

"Una de cada tres inducciones acaba en cesárea". 
Esto no es algo que diga yo, son estadísticas. Y me vino a la cabeza cuando me hablaron de ponerme oxitocina. 

¿Y si después de lo que habíamos pasado, de que Polluelo se diera la vuelta, acababa siendo cesárea?

Además, sabía que las intervenciones en el parto pueden acabar convirtiéndose en una cascada, siendo el bebé el que sufre y acabando en un parto instrumental, o de nuevo, en cesárea.

Estos pensamientos rondaban mi cabeza desde que rompí la bolsa, pero me inundaron cuando la matrona me habló de la oxitocina. Yo quería un parto natural, no quería interferencias, pero Polluelo no parecía estar preparado para salir y ya no había marcha atrás.

"Lo que quiero es irme a casa", le dije a Papá Oso. Él me abrazaba y trataba de aportarme la calma que me faltaba.

La matrona, que todo sea dicho, era todo dulzura y comprensión, me dijo que íbamos a esperar un poco, que tal vez deberíamos haber tratado de negociar en planta para que nos dejaran unas horas más allí, que iba a hablar con el ginecólogo que me había dicho lo de la prostaglandina al llegar y que tal vez lo que podía funcionar era romper "el polo" de la bolsa, ya que podía haberse roto por arriba y que Polluelo estuviera apoyado sobre una parte de la bolsa con líquido y que las contracciones no fueran todo lo efectivas que deberían al no apoyar la cabeza completamente. Accedí, pese a que también era una interferencia, lo prefería a que me pusieran oxitocina.

Estaba de 4-5 cm y "cuello blando".

Me consiguieron poner la vía a la tercera (en la foto la herida de guerra del segundo intento más de una semana después), algo que por cierto hacen por protocolo incluso en partos de bajo riesgo pese a que está desaconsejado por la OMS, y la matrona, con ayuda de una auxiliar de enfermería, trataron de romper "el polo de la bolsa". Digo intentaron porque no tenían claro si lo habían conseguido. Fue desagradable, molesto, pero esperaba que funcionara.




Me senté en la pelota y pusimos música esperando a que Polluelo se animara.

Unos minutos después (no sé cuantos, a mi me pareció un suspiro), la matrona y el ginecólogo que me había visto al llegar, entraron en la sala de dilatación. Según él, no me había dicho lo de ponerme la prostaglandina a las 12 horas (Papá Oso y yo estamos seguros de lo que escuchamos), y que ya a las alturas que estábamos, había que poner oxitocina, que no le tuviera tanto miedo, que era algo que podía ayudar a que se desencadenara el parto, y que si había "aguantado" un primer parto natural, seguro que iba a llevarlo muy bien. La matrona le respaldaba y me animaba a intentarlo, ya que la dosis por la que se empezaba era muy bajita y seguro que aquello avanzaba rápido. También me dijo que obviamente, si yo no quería ponerme oxitocina, nadie me iba a obligar, pero que los ginecólogos tendrían que estar pendientes porque había riesgo de infección.

Les transmití mis miedos, les dije que no quería ponerme epidural y que no sabía si iba a aguantar, que no quería que mi bebé sufriera ni que acabara en cesárea. Me tranquilizaron y acepté. Psicológicamente necesitaba también que aquello se pusiera en marcha, Me sentía acorralada por el protocolo del hospital, habían pasado más de 24 horas desde la rotura de bolsa (aunque ellos creían que eran 12) y aquello no se ponía en marcha, y ya "no podía escapar". Confiaba en que con "un empujoncito" en unas horas podría tener a mi bebé en brazos.

Aproximadamente a las 6:30 de la mañana del día 5 comenzó nuestra inducción. Las contracciones fueron llegando. Se sucedían cada 7-8 minutos, y a los 20 minutos venía la matrona a subir un poco la dosis que me suministraban a través de la vía. "Vas bien, pero hay que ir subiendo hasta que sean cada 3 minutos más o menos para que la dilatación sea efectiva".

Nos tocó el cambio de turno y la matrona se despidió de nosotros. Vino a presentarse la que nos iba a acompañar, y aunque reconozco que me sentí informada y respetada durante todo el parto, creo que con la primera matrona que nos había atendido, algunas cosas habrían sido diferentes.

Me hizo otro tacto. He de decir que no sé cuántos me hicieron. Lo normal en este hospital es que se hagan cada 2 horas (la OMS recomienda cada 4 horas), pero a mi por como se desencadenó el parto, me hicieron más de los que en principio correspondían. 

Tras más de dos horas con la oxitocina, aquello apenas había avanzado. Seguía de 4-5cm y según esta matrona el cuello no estaba del todo borrado (¿por qué no me habían puesto la prostaglandina entonces?).

Me agobié bastante. Las contracciones empezaban a ser bastante intensas, me sentía agotada y aquello no funcionaba. 

Papá Oso trabajó durante todo el parto junto a mí. Cuando venía la contracción me colocaba la bolsa de agua caliente en las lumbares haciendo presión, mientras yo me aferraba a la cama sentada en la pelota, y trataba de respirar profundamente, imaginando una ola que me cubría por completo, y que se alejaba cuando finalizaba la contracción.

Probé a ponerme a de pie, ya que gran parte del parto de Pajarin lo viví en esa postura, pero era imposible,  las piernas no me sostenían. El cansancio no me estaba ayudando nada y la sensación de que "no iba a poder" tampoco.

"Me voy a tener que poner la epidural", le dije a Papá Oso en varias ocasiones. Las contracciones eran muy muy duras y me seguían subiendo la dosis de oxitocina.

Tal vez te preguntas por qué no me puse la epidural, si un 90% de las mujeres se la ponen y "no pasa nada". 

Por miedo. Miedo a que las contracciones se pararan, el parto se alargara y Polluelo sufriera. Miedo al hecho de ponérmela en sí. Miedo a no sentir el parto, las contracciones, el expulsivo. Miedo a los efectos secundarios para mí y para mi bebé (que los tiene).

Decidí colocarme en el suelo a cuatro patas apoyándome sobre la pelota, a ver si así la cabeza se encajaba y la dilatación avanzaba más rápido. La contracción fue muy intensa, muy dolorosa, y Papá Oso exclamó "¡Estás sangrando!"

Avisamos a la matrona, que en principio no se preocupó mucho pero llamó a la ginecóloga, que vino y no le dio importancia, ya que el registro de Polluelo y de las contracciones estaba bien. 

En cada contracción sangraba, y en una de ellas expulsé un coágulo bastante grande. Eran contracciones de las que yo llamo "dobles", en las que se nota como el bebé empuja y que se supone que ya dan paso al expulsivo. De nuevo avisamos y la ginecóloga me exploró (otro tacto) tumbada en la cama, lo que hacía que las contracciones fueran mucho más insoportables.

"Hay que valorar el PH del bebé. Nos vamos a paritorio"

Al parecer a Polluelo se le bajaban las pulsaciones después de las últimas contracciones y el registro ya no era fiable. Había que tomar una muestra (una gota) de sangre de su cabecita, para comprobar que tenía suficiente oxígeno.

Miedo. Dolor. 
Había perdido la noción del tiempo.
Me tuve que tumbar en la cama para que me trasladaran a paritorio. Las contracciones tumbada eran insoportables. Papá Oso me daba la mano y yo se la apretaba con todas mis fuerzas.

(continuará...)

jueves, 12 de julio de 2018

La llegada de Polluelo al mundo (II)

Como ya conté en el primer capítulo, decidimos que íbamos a mentir. El protocolo de nuestro hospital nos parecía muy restrictivo y limitaba mis posibilidades de ponerme de parto por mí misma tras la rotura de bolsa.


Al llegar a urgencias me tomaron la tensión y la temperatura y me pidieron algunos datos básicos. A continuación pasamos a monitores, donde la matrona encargada me dijo que debería haberme esperado unas horas en casa, que había ido muy pronto (¡Ay! Si tú supieras...).

Durante la media hora de monitores tuve unas tres contracciones no muy fuertes. Pasé después a que me explorará un ginecólogo, que por suerte, era bastante majo (no soy yo muy fan de los gines durante embarazo y parto). Me hizo un tacto (algo que se supone que está desaconsejado con bolsa rota) y también una eco. Polluelo estaba perfectamente colocado (una de mis mayores preocupaciones) y estaba de 3 cm y cuello blando, lo cual me animó bastante, aunque según él era algo normal siendo un segundo embarazo.

Me propuso ponerme el tampón de prostaglandina para animar la dilatación o bien esperar las 12 horas de protocolo y ponérmelo una vez transcurrieran si es que no me había puesto de parto. Le dije que prefería esperar, que seguro que aquello se animaba.

Me subieron a planta. Las habitaciones son compartidas y hace un calor horroroso. Me puse el maravilloso camisón con el culo al aire y aún así no podía dejar de sudar.

Nos fuimos a pasear por el pasillo, iluminados por los fluorescentes. Subimos y bajamos escaleras, saludamos a otra pareja paseadora las seis o siete veces que nos la cruzamos, y parecía que Polluelo se animaba. Las contracciones eran soportables pero sucedían cada 5-7 minutos.

Como estaba tan cansada, decidimos parar un rato, pedimos una pelota de pilates y la coloqué junto a la cama, dónde apenas había hueco para sentarme. Me puse música con los cascos, moví la pelvis, le traté de transmitir a Polluelo que se nos acababa el tiempo, volvimos a pasear, hicimos una videollamada con Pajarin, me duché y cenamos.



Se hacía de noche, y el cansancio podía conmigo. Mi esperanza era la oscuridad. Seguro que si me tumbaba un rato y descansaba, esa noche se activaba "el mecanismo". 

El calor y la sensación de que se nos acababa el tiempo, no me dejaba dormir. Si acaso me quedaba un poco traspuesta algunos minutos. Papá Oso se tumbó conmigo en la cama y juntos acariciamos y animamos a Polluelo, que no parecía tener muchas ganas de salir...
"Cariño, sino sales tú, te van a hacer salir..."

Las contracciones se fueron parando. Ahora aparecían cada 10-15 minutos y eran leves. Me sentía mal por haberme tumbado, tal vez si hubiera seguido andando... Pero no podía, el cuerpo me decía que parase, y además no sabía lo que me quedaba por delante.

A las 5 de la mañana se acababa el tiempo, y veía como la hora se iba acercando sin tregua. Mi amiga matrona me tranquilizó.
"No le tengas miedo a la prostaglandina, aunque sea inducción es la forma menos invasiva y seguro que funciona". Así que me relaje, y conseguí dormir algo, esperando a que llegara la hora en que me pusieran "el tampón".

En este tiempo nos acordamos mucho de Pajarin, que nunca había pasado una noche sin nosotros. Sabíamos que estaba bien cuidado y muy contento con sus abuelos, pero no podíamos evitar que en algún momento nos invadiera una sensación de tristeza y también de culpa en mi caso (como no, la bendita culpa).

Nos despertaron de repente. Era la matrona. Había llegado la hora, eran las 5.
"Recoged vuestras cosas que os bajan a paritario, que te van a inducir"
"¿Cómo? Me han dicho que a las 12 horas me ponían la prostaglandina, y yo entendía que sería aquí en planta".
"No sé, es lo que me han dicho, que tenéis que bajar. Hay una celadora esperándoos".

La matrona más desagradable no podía ser... Recogimos todo medio dormidos, a oscuras, y yo, empapada en sudor y sin apenas contracciones. 

"Seguro que es un malentendido. Igual me ponen el tampón abajo y me dejan allí en una sala de dilatación o igual me vuelven a mandar a planta una vez que me lo pongan. A ver si está el gine majo que me lo dijo al llegar..."

Pero no tenían esos planes para mí. Al llegar a la sala de dilatación, que por cierto, comparada con la habitación me pareció maravillosa, la matrona que me correspondía me dijo que me iba a poner monitores y oxitocina para comenzar la inducción.

"¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y la prostaglandina?" 

Se me cortó el cuerpo. Sabía lo que significaba la oxitocina sintética y no quería que formara parte de mi parto ni del nacimiento de Polluelo.

(continuará...)

martes, 10 de julio de 2018

La llegada de Polluelo al mundo (I)

El 3 de julio Polluelo y yo cumplíamos nuestra "fecha probable de parto" y daba la casualidad de que mi padre tenía que viajar a Madrid, se iba el 3 y volvía el 4. Mi madre era la encargada de quedarse con Pajarin cuando tuviéramos que irnos al hospital, y decidió que la noche del 3 de julio se venía a casa, así ya estaba aquí por si se desencadenaba el parto.


"¡Qué buena noche para nacer! Anda Polluelo, anímate, que la abuela está aquí y nos podemos ir tranquilamente".  Además, al día siguiente tenía revisión con la matrona y la ginecóloga, monitores y eco... Algo que no me apetecía nada. Sé que en muchos casos empiezan a hablarte de inducción, y con lo agorera que es mi gine, prefería ahorrarme la visita.

Aquella tarde estuvimos en la piscina, y yo estaba realmente agotada. Cada vez que Polluelo se movía, tenía una contracción (de las previas, no de parto), y lo de estar todo el día con la tripa dura me tenía exhausta. A eso añadíamos la pesadez, las ganas de parir y el calorazo que me impedía descansar bien.




Pues parece que Polluelo me escuchó y aquella noche antes de acostarme empecé con alguna contracción, no muy dolorosa, pero oye, algo se estaba moviendo. Me acosté con la esperanza de que aquella sería nuestra noche.

La noche pasaba. Cada vez que me despertaba y miraba la hora sentía que se nos acababa el tiempo, que no iba a ser nuestra noche.

Y efectivamente, eran las 6 de la mañana, y salvo alguna contracción aislada, tipo pródromo, por allí no se había movido nada. Me levanté a hacer pis, dispuesta a recoger la muestra de orina que tenía que llevar a la matrona. 
Pero entonces, al levantarme de la cama e ir al baño: "¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!" 
Papá Oso vino corriendo: "¿Qué pasa?"
"Que se me ha roto la bolsa".

En aquel momento me bloqueé. Era una de las cosas que más temía. La rotura de bolsa, en muchas ocasiones va asociada a inducción, y además el protocolo de mi hospital era esperar tan sólo 12 horas (en la mayoría son 24h y en algunos incluso 48h, como en el que nació Pajarin). Tenía 12 horas para ponerme de parto y sino me lo provocarían. El miedo me inundó. Algo que no me venía nada bien...

Traté de centrarme. Las aguas eran claras y notaba los movimientos de Polluelo. Todo estaba bien. Escribí a la matrona con la que iba a haber tenido el parto en casa para que me guiara sobre cómo actuar, ya que lo que no quería era irme corriendo al hospital.

Me fui con Papá Oso al salón (con 3 compresas y un empapador) y pensamos cómo íbamos a actuar. No tenía contracciones, si acaso alguna leve cada 15-30 min.

Pajarin se despertó a las 7 (nos ha salido madrugador el chico) y hablamos con mi madre para que se lo llevara a su casa, ya que con él por allí rondando, cantando y con su energía incansable, no me veía capaz de relajarme.

Hacia las 9:30 nos quedamos solos. Apenas había dormido 6 horas así que estaba agotada. Desayunamos y nos metimos en la cama a oscuras para tratar de descansar un rato y ver si Polluelo se animaba. La matrona nos recomendó esperar tranquilos en casa. No hacía falta ir corriendo al hospital, e ingresar allí para esperar a ver si me ponía de parto, era peor que esperar en la intimidad de nuestra casa.

Creo que conseguí dormir algo, pero el hecho de que las contracciones no llegaran me ponía bastante nerviosa. "Es normal que se pueda estar hasta 24 horas con bolsa rota sin ponerse de parto", me dijo la matrona, pero claro, yo tenía solo 12h...

Hacia las 11:30h empecé a agobiarme y le dije a Papá Oso de irnos ya al hospital. Llevaba días preocupada con que Polluelo no estuviera bien colocado, ya que la matrona en la última visita me dijo que tenía la cabeza un poco en diagonal, y yo además notaba como que "apoyaba" algo en mi cadera izquierda... Así que temía que pudiera desencadenarse el parto y su postura supusiera un problema.

Papá Oso me ayudó a relajarme, me dijo que nos pusiéramos una serie, y que ya iríamos al hospital un poco más tarde, que había tiempo. Polluelo además no paraba de moverse, así que decidimos seguir en casa. 

Aquello era un espectáculo de empapadores, compresas, sábanas mojadas, Papá Oso con la fregona detrás... Nada cómodo lo de ser una fuente...

Estuvimos con las persianas bajadas todo el día, Papá Oso me hizo masajes en manos y pies para relajarme, comimos, me senté en la pelota para tratar de activar "aquello", terminamos de preparar las cosas para el hospital, bailé, nos duchamos y hacia las 17h de la tarde, casi 11 horas después de haber roto la bolsa, nos fuimos al hospital.

Tras haberlo consultado con la matrona, tomamos una decisión: íbamos a mentir.

A las 17:40h entramos en la "Sala de Exploración" de Urgencias Maternales.
"Estoy de 40+1 y he roto la bolsa."
"¿A qué hora?"
"Hacia las 17h, justo lo que he tardado en ducharme y en dejar a mi hijo mayor con mi madre."

...(continuará)


lunes, 18 de junio de 2018

Cómo me preparo para la segunda lactancia

Si hace tiempo que me lees, es probable que conozcas mi historia y lo que ocurrió con la lactancia de Pajarin, sino, puedes leer aquí el primer post que escribí en el blog hace ya casi tres años.

Estos casi tres años han dado para mucho, y mi información y formación no tiene nada que ver con aquella etapa. Entre otras cosas, me he formado como asesora de lactancia, lo que además de permitirme asesorar y ayudar a otras mujeres, supone que tengo una base sólida sobre la que apoyarme en caso de dificultades. Además, en este tiempo he conocido y me he rodeado de madres y profesionales a las que puedo recurrir si lo necesito en algún momento: compañeras asesoras de lactancia, amigas con experiencia propia en lactancia, IBCLC's (consultoras internacionales de lactancia), matronas, asesoras de maternidad y postparto, etc. 

Es precisamente mi formación y todo lo que he vivido en estos casi tres años de crianza, lo que me ha hecho ser consciente de la importancia de rodearse de personas y profesionales a los que poder recurrir en caso de necesidad. Y obviamente, cuando me refiero a recurrir a profesionales, lo hago pensando en servicios que tienen un coste. Parece que nos cuesta gastar en que nos asesoren, pero no en un carrito o una cuna, y es una pena. Una buena asesoría nos puede aportar grandes beneficios a corto y largo plazo, e incluso un ahorro (conseguir una lactancia materna exclusiva nos puede ahorrar cientos de euros en leche de fórmula).

Y bueno, ¿cómo me estoy preparando para esta segunda lactancia?

-En primer lugar contacté con una IBCLC, Inma Mellado, la cual fue profe de mi formación como asesora de lactancia, y me apoyó en la lactancia de Pajarin. Como ella vive en Madrid, aproveché uno de los viajes al máster y contraté una asesoría con ella. Fueron dos horas en las que estuvimos hablando de muchas cosas y en las que me propuso el "plan" a seguir para la lactancia de Polluelo.

-Hablé con mi "alma gemela" sobre una posible donación de leche materna. Ella es donante en el hospital 12 de Octubre (os lo contó en este post ), y ya antes de quedarme embarazada me había comentado alguna vez la posibilidad de donarme leche cuando tuviera un segundo bollito. El tema se ha complicado al haberme mudado a otra ciudad, sin embargo, nos hemos apañado de forma que en mis últimos tres viajes a Madrid me ha regalado leche que se extraía y que yo trasladaba en una neverita hasta casa, repartiéndola después en jeringuillas de 10ml y bolsitas de 30ml. No sé que cantidad tengo guardada, pero es un regalo de valor incalculable.




-A partir de la semana 34 aproximadamente comencé a extraerme calostro. Los primeros días me costó un poco, ya que no dominaba la extracción manual, apenas salían una o dos gotas y además estaba con la cabeza puesta en que Polluelo se colocase. Aún así, no me rendí y seguí extrayéndome mínimo una vez al día (aunque lo ideal serían tres, pero "no me da la vida") y poco a poco fui dominando la técnica y sacando un poquito más. Lo que salía lo iba recogiendo con una jeringuilla que posteriormente congelaba. Actualmente, de casi 38 semanas, lo máximo que he conseguido congelar es 0,8 ml obtenido en dos o tres extracciones. Es poco, sí, pero es oro líquido y no es significativo de lo que podrá extraer Polluelo ni de cuál será mi producción. Lo importante en este caso es la estimulación diaria. Aquí podéis obtener más información.




-He comprado un relactador, que es una "herramienta" para evitar biberones en el caso de tener que suplementar a Polluelo, y que esos suplementos los tome al pecho, de modo que mi estimulación sea constante y no se genere un rechazo temprano del pecho como ya pasó con Pajarin.

-Alquilaré un sacaleches eléctrico doble del que me han hablado bastante bien (es éste ) cuando nazca Polluelo, para tratar de estimular lo máximo posible los primeros días y que mi glándula mamaria se ponga al máximo de producción posible.

-Me he comprado, y leído, un libro que considero básico para toda madre lactante: "Somos la leche" de Alba Padró, al que podré recurrir ante cualquier duda que me pudiera surgir.

-Es posible, dependiendo de como transcurra el parto, que contratemos los servicios de unas matronas para que vengan a casa y "nos vigilen" de cerca, principalmente la evolución del peso de Polluelo y que la lactancia fluya.

-Además de todo esto estoy muy concienciada de que una lactancia materna exclusiva sería un milagro, y por lo tanto tendré que suplementar. La idea es que la leche de fórmula entre lo más tarde posible, y evitar biberones por lo menos al principio. Lo que también tengo claro (aunque no sé como lo verán en una semanas mis hormonas y mente de puerpera... ) es que quiero disfrutar de la lactancia y no vivirla como una carga y una autoexigencia constante. Ahora está también Pajarin y tendré que ver cómo vamos viviendo el día a día y tratar de fluir con las circunstancias.

Y esto es todo. Es algo que necesito hacer, por Polluelo y por mí. Iremos informando.


jueves, 14 de junio de 2018

¡Polluelo se ha colocado!

Hoy es un día feliz, muy feliz...

Tras semanas de incertidumbre y de un intenso trabajo personal, hoy teníamos cita en el hospital para la Versión Cefálica Externa, en la que iban a intentar, desde fuera, ayudar a Polluelo a colocarse para evitar la cesárea (más info aquí).

Y no ha funcionado, porque ni siquiera ha hecho falta. 
Previamente me han hecho una ecografía y ahí han comprobado que Polluelo ya tenía la cabecita abajo, ¡se había colocado él solito! Mi alegría (y la de Papá Oso), no podía ser mayor. Aunque confiábamos en la versión, obviamente preferíamos evitarla.

En media hora salíamos del hospital flotando y rumbo a celebrarlo con un buen desayuno. Yo lo de estar en ayunas lo llevo fatal, y si a eso le sumamos que apenas había dormido, mis energías estaban por los suelos, aunque con la buenísima noticia, la sensación de mareo había disminuido en parte.

Los días previos a la cita han sido raros... Creo que sé cuando se colocó Polluelo, exactamente de 36+6, ósea hace tres días, y aunque a ratos lo tenía bastante claro, en otros momentos dudaba. Este bollito se mueve muchísimo, y saber si es culo, cabeza, rodilla o pie, es bastante complicado. Esto es algo que con Pajarin no llegué a plantearme. Como en las últimas ecos estaba en cefálica, daba por hecho que permanecía siempre así y supongo que por eso no estaba tan pendiente.

En este caso, ha sido el hecho de tener más controles y el "miedo" a que el mioma no le dejara colocarse, lo que me ha hecho vivir las últimas semanas con incertidumbre y esa sombra de la cesárea acechando.

¿Y cómo he conseguido que se girara?

Pues no lo sé. Es decir, no sé si yo he tenido algo que ver, si ha sido solo cosa suya, o lo hemos hecho entre los dos.
En la semana 34, y tras comprobar en la consulta de la matrona que Polluelo tenía la cabeza arriba, empezó "la odisea". Comencé "tan tarde" porque al ser un segundo embarazo, el útero suele estar "más elástico" y les permite girar más tiempo. Además, en las dos semanas anteriores había notado como estaba colocado en diferentes posiciones, es decir, que seguía dando vueltas (el niño voltereta).

A partir de ese momento hablé y escribí a otras madres que sabía que habían pasado por experiencias similares (la mayoría con final feliz = colocación en cefálica), leí blogs, artículos de internet, etc.; y me inicié en lo que yo llamo "el circo del sol". Empecé a gatear, a ponerme con la cabeza abajo, a sentarme en la pelota para movilizar la pelvis, a colocarme junto a una pared con los pies arriba, a tumbarme con un cojín bajo el culo, a hablarle, a cantarle, a ponerle música en "mis partes bajas" a ver si acudía a la llamada, a iluminar esa misma zona con una linterna por si se sentía atraído hacia la luz, me coloqué un llamador de ángeles con el cordón muy largo, etc.

La idea era que en la ecografía de la semana 36 estuviera colocado y evitar que me hablaran de cesárea. Tampoco tenía claro si me iban a ofrecer la posibilidad de hacerme la versión externa por la presencia del mioma,... así que el hecho de que llegara ese momento me daba un tanto de "cague".

Viví esas primeras semanas de "trabajo" con bastante ansiedad. Polluelo se movía mucho y no sabía si algo estaba funcionando o no. Me sentía un tanto ridícula y también que le estaba presionando sin necesidad, que aún tenía tiempo para colocarse y estaba dudando de su capacidad para "encontrar el camino correcto".




En la semana 35, de nuevo en la consulta de la matrona, comprobaron que seguía con la cabeza arriba, aunque esta vez en el lado contrario. Eso sí, sentando no estaba (y creo que no lo ha estado nunca), sino que se colocaba en transversa o diagonal.
Ese fin de semana tenía máster en Madrid y decidí alargar unos días mi estancia, aprovechando que Papá Oso libraba y podía quedarse "mano a mano" en casa con Pajarin. Necesitaba estar conmigo y con Polluelo, relajarme, quedar con amigos, plantearme posibles alternativas si las cosas no salían como esperábamos,... Y eso hice. Compartir con mis compañeras del máster fue tranquilizador y en esos días conseguí ir reduciendo la ansiedad para dar paso a la confianza y la aceptación.

Casi de 36 semanas empecé con la moxibustión, una técnica tradicional china, recomendada por la OMS para evitar cesáreas innecesarias, cuya efectividad no está muy clara, pero ciertos estudios le otorgan un alto grado de efectividad. 
Y ahí estuvimos a vueltas con "el puro" una semana, apestando a tabacazo, pero muy aplicados. Algo que seguía combinando con "el circo del sol", conectar con Polluelo y tratar de estar tranquila y viviendo el día a día.

Llegó la ecografía y como ya sabía, Polluelo seguía con cabeza arriba, tan agusto. Por suerte, ese día estaba otra ginecóloga, majísima, que me recomendó hacerme la versión externa, ya que además al estar en transversa podía ser más fácil. En una semana tenía la cita.

Ese mismo día acudí a la osteópata a ver si animaba a Polluelo, y tuve una sesión con una mujer maravillosa, Àngels Torras (es madre de Miriam Tirado, que igual te suena más). Necesitaba hablar con alguien que supiera acompañar estos procesos, y aunque me sentía bastante tranquila y preparada para lo que viniera, no estaba de más poder hablar con alguien que me proporcionase herramientas para afrontar todas las emociones que estaba viviendo en estas semanas. Hablamos de la versión externa, de una posible cesárea, del parto, del miedo a cómo llevaría Pajarin la llegada de su hermano, etc. Fue genial poder contar con ella y me aportó mucha calma.

Hace unos días, cuando tuve la sensación de que podía haberse colocado, dejé la moxa y los ejercicios, creía que ya había sido suficiente. Pero seguí hablando con Polluelo, explicándole por qué colocar la cabecita abajo era lo mejor, y que si él no podía o no estaba preparado, nos ayudarían desde fuera. 
Ayer, además, me dí un baño, el único que me he dado en el año y medio que llevamos en este piso. Y no hice nada especial, estar en silencio y relajarme, permitirme ese espacio para nosotros dos, ahora que seguimos siendo uno...




Y hoy, ¡sorpresa! Polluelo estaba colocado. Tal vez solo había que darle tiempo, y tal vez pueda girar de nuevo. Pero confío en él, totalmente. Sabe lo que tiene que hacer. Ya me lo ha demostrado.