viernes, 14 de octubre de 2016

Tal vez, si las cosas se hubieran hecho de otra manera...

Este post debería haberlo dedicado a los regalos del primer cumple de Pajarin, pero será el próximo. Esta semana necesitaba recordar mi peor momento desde que me convertí en madre.


Pajarin tenía una semana y no hacía pis. Si has leído la entrada con la que inicié este blog, seguro que te suena (si no, puedes leer la historia completa aquí). Ayer, 13 de octubre, se cumplía un año desde que nos dieron el alta en el hospital por segunda vez.

No quiero recordarlo como un drama, aunque en ese momento lo fue. Pero, si algo he aprendido a lo largo del tiempo, es que todo pasa por algo, y lamentablemente, aquello tenía que pasar. Desde la distancia, recuperada de aquel trago tan amargo, he sido capaz de analizar cada segundo de aquellos días, de todo lo que no funcionó y de como podría haber actuado si hubiera sabido todo lo que sé ahora, o mejor, como deberían haber actuado los que se suponía qué sabían.

Si me sigues en redes sociales, tal vez has leído que me he empezado a formar como Asesora de Lactancia. Me parece un papel fundamental y necesario en nuestra sociedad actual, en la que estamos desconectados de nuestra naturaleza, ha desaparecido la tribu, y los profesionales, lamentablemente en numerosas ocasiones, confunden en lugar de ayudar.

Sabiendo lo que sé actualmente sobre lactancia materna, me vienen a la mente imágenes de lo que viví en mi primera semana como madre.

El nudo en el estómago con el que llegué al hospital, se unió a las lágrimas y al miedo al decirme que tenían que hacer un análisis de sangre a Pajarin. Las luces, los médicos, las enfermeras, el sacaleches que no sacaba nada. No entendía que estaba pasando y mi pecho se puso muy blando.

Al subir a planta, tras el mal rato con la analítica y dar fórmula por primera vez a mi bebé para que hiciera pis, un enfermero y una auxiliar entraron en la habitación. Las luces, Pajarin llorando, ese enfermero apretándome el pecho con muy poca delicadeza poniendo cara de "aquí no sale nada, pobre bebé". 

Me puse a Pajarin al pecho, que rechazaba bruscamente (desde que llegamos al hospital). Mediante una jeringuilla con una cánula conseguimos que se enganchara (con el correspondiente pellizco de la auxiliar para introducir mi pezón en la boca de Pajarin). Y tras la toma, sacaleches que seguía sin sacar (casi) nada. Y así una y otra vez.

Fueron 48 horas muy complicadas. Para todos. Pero sobre todo para mi. 




Las enfermeras me consolaban al verme llorar: "No te preocupes, yo le di biberón y está genial", "A mi vecina le pasó lo mismo, y oye, que se le va a hacer, sino se puede, no se puede". Y lo reconozco, en ese momento me consolaban, aunque solo por unos minutos. Me comentaron incluso que pasaría el ginécologo para darme la "pastilla que corta la leche".

Una vez nos dieron el alta, nos derivaron a la consulta de lactancia. ¿Ahora? Creo que de nada sirve una consulta de lactancia, con su matrona especializada en el tema, si al entrar por urgencias no hay nadie preparado en el equipo que trata a madre y bebé. 

Tal vez, si las cosas se hubieran hecho de otra manera...

-Negligencia del pediatra que dió el alta a Pajarin, que nos indicó que no nos preocuparamos si en dos o tres días no hacía caca, es normal. [ERROR: con lactancia materna el bebé debe hacer caca. Es un signo muy evidente de que está comiendo, y desaparece el meconio]. Pajarin el tercer día seguía expulsando meconio, pese a tomar teta a demanda.

-Personal en urgencias pediátricas con poco (o nulo) conocimiento sobre lactancia materna. Me dejaron a solas con un sacaleches por primera vez, sin saber como funcionaba (ni yo ni ellxs).

-Poca delicadeza en el trato a la madre puerpera. Demasiadas luces, comentarios poco acertados, manipulación del pecho muy brusco. La oxitocina es taaan importante para la producción de leche, que situaciones traúmaticas, de shock, miedo, etc; pueden hacer mucho daño.

-Me derivaron a la consulta de lactancia tras 48 horas ingresados. Nadie especializado en el tema me trató esos dos días.

La sensación de que has hecho algo más, que eres una niña que no sabe cuidar de su bebé, que eso que tú considerabas tan importante no lo es tanto... La delicadeza en las palabras y el trato de la madre puerpera, de la madre que amamanta, es tan importante, tan necesario...

Menos mal que tenía al grupo de La liga de la leche, en el que me apoyé, y gracias al cual conseguí mantener por un tiempo aquello que para mi era tan necesario. 

Mi lactancia materna podría haber durado una semana; sin embargo la disfrutamos cuatro meses.

martes, 4 de octubre de 2016

Y no recuerdo quien era antes de tí

Un año.
Ya ha pasado un año.

Tan rápido, y a la vez tan lento. 

Días intensos. 

Días de teta, de biberones, de pañales, de vómitos, de siestas sobre mi en el sofá, que con el tiempo se han trasladado a la cama. 

Noches de despertares, de llantos, de "lucha contra el sueño", de dormir abrazados cuando hacía frío e intentar separarme cuando llegó el calor.

Días de sonrisas, de risas, de bailes, de mirarte cuando duermes y dejar que se escape alguna lágrima. Días de cansancio, de muchas cosas por hacer que se quedan casi siempre a medias para leerte "en bucle" un cuento tras otro.

Días que pasan , sin tregua. Días que parecen iguales, pero que nos regalan nuevos gestos, nuevos movimientos,... Días en los que te miro sin que te des cuenta; mientras juegas, mientras exploras... Y entonces te giras y al descubrir mi cara, sonríes. 

366 días. Un año. Ya ha pasado un año. Y no recuerdo quien era antes de tí. 

Las 22:30... A esta hora nos subían por fin a nuestra habitación. Dormimos juntos, te abracé, respirabas tranquilo... 

Feliz primer cumpleaños mi Pajarin.



domingo, 7 de agosto de 2016

Somos las mejores madres para nuestros hijos

Estamos metidos de lleno en pleno verano, y tengo el blog más descuidado que nunca. El calor no me motiva demasiado para sentarme delante del ordenador, así que, aunque debería haberlo hecho hace ya bastantes días, anuncio que...


Cerramos por vacaciones
(hasta nuevo aviso)


Para despedirme como debe ser, os dejo con un post de Andrea ("mi más mejor amiga"); seguro que os hace reflexionar un poquito.


Mucho se habla sobre la confianza, nos enseñan a confiar en la familia, la pareja, los amigos , etc. Pero que poco se nos enseña a confiar en nosotros mismos, en nuestras intuición.

Desde pequeños se hace más hincapié en los errores que en los aciertos, y se valora poco el hecho de "por lo menos haberlo intentado". Esto solo consigue que seamos adultos inseguros, adultos que olvidamos nuestra intuición y además se lo transmitimos a nuestros hijos.

Por alguna razón, cuando somos madres, esta desconfianza hacia nosotras mismas se acrecenta: desconfiamos en poder hacerlo bien, desconfiamos de nuestro instinto e incluso, en ocasiones, desconfiamos de ser buenas madres. Lloramos, nos frustramos y creemos que todos saben hacerlo mejor que nosotras mismas. 

Pero la gran realidad es que somos las mejores madres para nuestros hijos, y si queremos que ellos sean personas con confianza hacia sí mismos, lo más importante es demostrarlo con el ejemplo. Crecer con una madre confiada y segura de sí misma, hará niñ@s más seguros.




Tampoco ayuda que nuestro alrededor nos cuestione (sobre todo entre mujeres) Ayudémonos a nosotras y a las demás a confiar en nuestra intuición. Apoyémonos sin juzgar, demos consejos (siempre que sean pedidos) desde el amor.

Vamos hacer juntas un trabajo de autoconfianza, confiemos más en nosotras mismas y ayudemos a otras mujeres de nuestro alrededor a creer en ellas.


Andrea

miércoles, 20 de julio de 2016

Mi primer día

20 de julio de 2015. 

Primer día sin ir a trabajar. Barrigón de los buenos y calor infernal en Madrid. No podía imaginarme que un año después seguiría sin sentarme en mi mesa rodeada de montañas de papeles.

Un año ya sin ir a trabajar, ¡y se me ha hecho corto! 

Hasta el nacimiento de Pajarin fueron días de descanso, de intentar dedicarme algo de tiempo, de leer, de aprender, pero también de nervios, de obras, de mudanza y de muchísimo calor (elegí el verano más caluroso del año para pasear mi "bombo").

Y hoy, si miro hacia atrás, puedo decir sin equivocarme, que ya no soy la misma. Físicamente me parezco, pero personalmente he cambiado tanto... "La revolución de la maternidad" lo llaman. Ser consciente de lo que significa ser madre, de disfrutar e implicarme plenamente en la crianza, de intentar estar lo más presente posible para mi hijo en su primer año de vida, y sobre todo, de cambiar mis prioridades.



Que poca importancia tienen ahora las cien mil nimiedades por las que daba vueltas y vueltas a la cabeza. 

Que poco sentido tiene el acudir diariamente a un trabajo que no te gusta, te quita horas de vida y te llena de inquietud y tensión (ojo! que el dinero no crece en los árboles, y si hay que ir se va, pero dándole la importancia justa).

Que enriquecedor es aprender. Nunca sabemos lo suficiente, y en mi caso la crianza y la maternidad me han abierto nuevos mundos que investigar.

Que bonito disfrutar cada día al lado de nuestros hijxs: su evolución, sus juegos, sus miradas... Bonito y agotador. Probablemente estaría menos agotada (y desesperada a veces) si pasara 7-8 horas al día sentada en mi mesa de la oficina rodeada de papeles, pero la vida sería mucho menos interesante.



Que importante replantearse el estilo de vida, la ciudad donde vivir, el trabajo al que dedicarse, hasta el tipo de alimentación... Por ellxs, porque son lo más maravilloso de nuestra vida.



viernes, 8 de julio de 2016

¡Mundo, no me etiquetes!

Andrea es "mi más mejor amiga" y se estrena como colaboradora del blog con sus reflexiones sobre crianza respetuosa y educación emocional. Se ha formado en Coaching y Reiki y tiene una niña preciosa de tres años, con la que descubrió que otro tipo de educación y crianza es posible.



En mi primer post me gustaría tratar un tema bastante “normalizado” en nuestra sociedad: "etiquetar".

Según la R.A.E: 3. tr. Asignar a alguien o algo una etiqueta.

En sí, no sería nada malo si no lo usáramos con tanta frecuencia, y más cuando se trata de palabras negativas hacia nuestros niñxs o adultos.

Nos hemos acostumbrado a escuchar: “Juanito es un trasto” (un vago, un listillo, etc) o mucho peor, escuchar como a niñxs se les dice cosas del tipo: “eres tonto”, “eres un pesado”. Con esto conseguimos frustrar al niñx a quien se dirige el comentario, sin tener en cuenta además que es una forma de maltrato.

Un niñx puede decirnos mucho con su forma de actuar, pero si le encasillamos y no le damos la importancia que se debe, no descubriremos que hay más allá de ese “mal comportamiento”.

Soy una fiel creyente del poder de las palabras. Debemos tener especial cuidado cuando nos referimos a los demás, ya que nuestras definiciones hacia otros no son más que nuestra percepción de ellos.

Un psicólogo de la escuela infantil de mi hija, en una charla reciente, pidió a todos los padres que escribiéramos las características que definen a nuestros niñxs de 3 años. Mi chico y yo escribimos la misma palabra: “tímida”. Inconscientemente, ambos estábamos utilizando con bastante frecuencia esta palabra. El psicólogo nos animó a todos los padres a “darle la vuelta” a estas palabras "menos positivas" y cambiar la visión para que de tanto repetirlas no las convirtiéramos en una verdad absoluta.

Nosotros la cambiamos por “observadora”. Desde aquel momento nos dejó de preocupar su “timidez” (que además es una característica habitual de algunos niños de 2-4 años) y empezamos a valorar lo observadora que es ante cualquier situación. En el momento en que se siente cómoda, aparece la niña risueña y alegre habitual.

Os animo hacer este ejercicio con vuestros niños, ¡a nosotros nos ayudó mucho!

¿Utilizáis muchas etiquetas?¿Tenéis algún truco para evitarlas?


Andrea

lunes, 4 de julio de 2016

18 meses. La exterogestación

18 meses juntos.

Hoy hace nueve meses que llegaste, puntual, tranquilo, curioso. Nueve meses en los que apenas nos hemos separado, porque tú me necesitabas, porque yo te necesitaba.
Ahora recorres la casa velozmente, de una punta a otra, metiendo la mano en el cubo de la fregona, sacando carpetas de cajones, desordenando el poco orden que me caracteriza, lanzándote de cabeza desde la cama, trepándome emocionado y descubriendo cada nuevo alimento con más ilusión y curiosidad que el anterior.
Como has crecido bebé. Qué felicidad verte descubrir, moverte, ser autónomo,..., pero a la vez tan dependiente.




El embarazo de la mujer tiene una duración de 40 semanas (entre 38 y 42 mejor dicho), un tiempo insuficiente para la gestación de un ser humano. Esto se debe a la evolución, ya que al ponernos de pie, las caderas se estrecharon para permitirnos caminar erguidas (bipedestación). Además, el tamaño del cerebro aumentó, y por consiguiente el de la cabeza. Esto supuso, que para permitir la salida por el canal de parto del bebé, se viera reducida la duración del embarazo y por lo tanto la madurez de sus sistemas.

Un recién nacido no es capaz de sobrevivir por sí mismo fuera del útero; necesita alimento, protección y contacto físico; un entorno lo más parecido al que le ha albergado durante sus primeros nueve meses. 

La exterogestación es el periodo de nueve meses inmediatamente posteriores al nacimiento del bebé. Es un periodo en el que tendrá que adaptarse poco a poco al mundo extrauterino y seguirá desarrollándose. Su cerebro continuará creciendo y madurando, creando conexiones neuronales. Por eso son tan importantes las vivencias de los primeros años, sobre todo del primero. No lo recordarán, pero si determinarán en gran parte su base emocial futura.

Mantener un ambiente similar al del útero para nuestro bebé, es tan simple como portearle, alimentarle a demanda, protegerle del frío y del calor, calmar su llanto, tenerle en brazos, contacto piel con piel...

Es aproximadamente a los nueves meses cuando empezará a interactuar y relacionarse con su entorno, y será precisamente esa crianza en brazos, ese contacto durante la exterogestación, lo que generará en él/ella una mayor confianza para explorar y descubrir todo lo que el mundo puede ofrecerle.


lunes, 20 de junio de 2016

Lo que he aprendido de la fiebre

Tras una semana complicada, puedo retomar el blog. Tengo unos veinte minutos antes de que los de la obra corten la luz a todo el edificio, así que intentaré ser breve para que me de tiempo.

El martes, tras una larga siesta, noté a Pajarin algo caliente. Es increíble el sensor maternal de temperatura, no falla. Pajarin solo ha tenido fiebre una vez en sus casi nueve meses de vida. Bueno, no llegó a 38 grados, por lo que se considera febrícula, y fue a raíz de las vacunas de los cuatro meses. Él ni se enteró (ni Papá Oso tampoco), y yo me pasé toda la noche termómetro en mano controlando si le subía.



En fin, martes por la tarde y Pajarin con 38. "Qué raro... Si aparentemente no está malo". Ni mocos, ni dolor de oídos (al tocarle no le molestaban), cacas normales (Ay! Las cacas! Cuánta información dan!), pis abundante, estado de ánimo más o menos normal... Le di un baño templado y le porteé en la mochila por casa hasta que se durmió. 

Tres horas después, la fiebre persistía. No soy amiga de dar medicamentos "a la primera de cambio", de hecho en estos nueve meses la caja de paracetamol que compramos por si acaso cuando le pusimos las primeras vacunas, seguía intacta en el cajón, y yo guardaba la esperanza de que se caducara sin haberla abierto. Pero sucumbí. Tres horas sin que le bajara la fiebre y Papá Oso trabajando hasta tarde (Vivan los horarios conciliadores!). Mejor prevenir.

La fiebre le bajó y se durmió bastante pronto después de cenar, aunque a las tres horas se despertó de nuevo con 38,5 y bastante molesto.

No voy a narrar paso por paso los tres días de fiebre, porque transcurrieron de forma similar a éste primero, aunque llegando a 39,6. A las 24 horas fuimos a su pediatra que nos diagnosticó "garganta algo roja y los dientes. Paracetamol cada 8 horas o antes si está molesto". Lo de ir a la pediatra es por pasearme, porque rara vez me aporta información valiosa, y no termino de fiarme de sus diagnósticos.

Tras tres días de fiebre sin apenas síntomas, Pajarin adormilado prácticamente todo el día y temperatura que pese al paracetamol no bajaba de 37,5, decidimos ir a Urgencias. No soy partidaria de ir a Urgencias si no es algo grave de verdad, y creo que nos adelantamos; pero, la inexperiencia con la fiebre y la poca confianza en nuestra pediatra no nos dejaba alternativa.

Tras tres horas en Urgencias, volvimos a casa más tranquilos. No había infección en la orina, y todo estaba bien, a excepción de la garganta algo roja (deduzco que es por los gritos que da habitualmente).



Y como a Ley de Murpy nunca falla, esa tarde-noche desapareció la fiebre y nunca más volvió. ¿Milagro? No, "exantema súbito", una infección vírica que provoca fiebre durante tres días sin más síntomas relacionados, y desaparece bruscamente dando paso a una erupción (exantema) que en Pajarin ha sido muy leve, que no molesta ni pica y que al presionar con los dedos "blanquea". 

A raíz de estos días de termómetro, paracetamol y fiebre, he sacado algunas conclusiones que quiero compartir, porque quién sabe, lo mismo pueden venirte bien en algún momento.

1. Fiebre. Su aparición asusta, porque significa que una infección la acompaña. Es la reacción del cuerpo ante esos "extraños" que se han colado sin permiso y su forma de luchar para eliminarlos. Si administramos inmediatamente un antitérmico para bajarla o baños y toallitas frías buscando este mismo efecto, puede que estemos logrando un objetivo contrario al que pretendemos. La baja temperatura permite a esos "bichitos" seguir viviendo e impedimos la reacción natural del cuerpo. Por lo que, observa a tu hijx, si su estado es normal (dentro de lo que cabe porque la fiebre agota), no está molesto y no supera los 38,5, evita darle medicamentos. Por prevenir, o por nuestra propia angustia, solemos recurrir a ellos antes de tiempo.

2. Una infección vírica dura 3-4 días, por lo que tenemos que esperar a que remita. Si supera este plazo puede ser una bacteria, que entonces necesitará tratamiento. La paciencia es complicada en estos casos y se nos pasan por la cabeza todas las enfermedades raras del mundos. Respira, observale y controla su evolución.

3. Los brazos son la mejor solución. Intenta mantener el contacto el máximo tiempo posible. El cuerpo de la madre ayuda al bebé a regular su temperatura, por lo tanto no temas estar pegada a él/ella. Es posible que acabes sudando, pero estará más tranquilx y le podrás controlar mejor.



4. El mejor termómetro, el de toda la vida. Olvídate de infrarrojos, termómetros de frente y de oído, y los que dan la temperatura en 30 segundos. Yo tengo uno de estos últimos y he terminado por utilizar el normal, ya que varias veces me tocó contrastar la temperatura porque no me cuadraba. Tampoco te fíes de controlar su temperatura con tus labios en su frente o tocándole la nuca; esto te puede dar una idea de si tiene fiebre o no, pero el termómetro puede sorprenderte y que sea más alta de lo que aparentemente parecía.

5. Los medicamentos no le gustan a nadie, a tu bebé tampoco. Su sabor normalmente no es agradable, por lo que, aunque los de niños están preparados para que su administración sea más sencilla, prepárate canciones, caras y ruidos que le llamen la atención y le hagan olvidarse de eso tan "asqueroso" que acabas de meterle en la boca. 

6. Los dientes no dan fiebre. Hazme caso, es un mito, y probablemente, si tu hijo tiene fiebre entre los 4 y los 18 meses, más de unx te dirá que son los dientes, incluso tu pediatra. La salida de los dientes abre una puerta de entrada a virus y bacterias, por lo que los bebés están más expuestos a ponerse malitos. Si a esto le unimos unos días bajos de defensas y unos cambios de tiempo que dejan "tieso" a cualquiera, es posible que enferme, y lo mismo le coincide con la salida de un diente, pero éste no es el culpable.

7. Ver a tu hijx enfermo es duro. Se hace un nudo en el estómago y solo deseas que mejore pronto y vuelva a dar esos gritos que te vuelven loca a diario. Respira, acompáñale y confía, acabará pasando.